Costa da Morte: viaje a los faros del fin del mundo

Cuenta la leyenda que Décimo Junio Bruto no quiso irse del cabo Finisterre sin contemplar cómo el sol se sumergía en las profundidades del mar como un hierro candente. Los crepúsculos en la Costa da Morte siguen teniendo ese halo mágico de hace siglos, y sus faros son un lugar inmejorable desde el que asomarse a contemplarlos.

Los repetidos naufragios y el tributo que el mar se ha cobrado durante años han hecho de la Costa da Morte, en las Rías Altas coruñesas, un nombre que, lejos de ser poético, describe la naturaleza de un tramo de Galicia hecho a fuerza de luchar contra los elementos. No cuesta trabajo creer, contemplando el atardecer de Finisterre, que este cabo fuese considerado el abismo en el que el mundo llegaba a su fin y donde el sol se apagaba cada noche.

Aquí todavía el ser humano se sigue sintiendo pequeño frente a la inmensidad del océano. Son muchos los puntos de la Costa da Morte en el que la mejor experiencia es simplemente sentarse frente a un acantilado, con el sol golpeando sobre el rostro y la mirada puesta en el infinito. Testigos e iluminadores de ese horizonte, guardianes de la noche y de los marineros, los faros son uno de los elementos distintivos que alumbran este camino legendario.

Se dice que en días claros desde el faro Fisterra se puede llegar a observar la frontera portuguesa. Es también aquel desde el que, aunque a miles de kilómetros, Europa está más cerca de América. No en vano, se trata del faro europeo situado más al oeste: una torre octogonal de 138 metros de altura sobre el nivel del mar desde la que se pueden descubrir la ría de Corcubión y la costa de Carnota, sobre la que destaca el conjunto granítico de los montes de O Pindo. La luz del faro, que llega a alcanzar los 65 kilómetros de longitud, ha servido de guía desde el siglo XIX a quienes se acercaban por mar a esta zona.

El faro de Cabo Vilán, al que se puede llegar directamente desde Camariñas, es todo un pionero: fue el primero de España en funcionar con luz eléctrica. También uno de los más potentes de la comarca. Su perfil, sobre el promontorio rocoso del cabo resume en una sola imagen el impresionante paisaje de la Costa da Morte.

En Barizo, el arquitecto César Portela soñó, en plena década de los noventa del siglo pasado, una proa de barco introduciéndose en el mar, con un atlante del escultor Manuel Coia retando a las olas furiosas desde el mascarón. Esa ensoñación se transformó en el faro de Punta Nariga, el más joven de toda la Costa da Morte. Cerca de él, la punta do Roncudo acoge otro faro, ubicado al lado de las sencillas cruces blancas que recuerdan aquí a los percebeiros que han perdido la vida por extraer al mar lo que hoy constituye un manjar propio de las mesas más exquisitas. Y como en el cuadro de Sorolla, aún dicen que el pescado es caro.

Todavía quedan más faros que esperan al caminante: está el de la punta de Laxe; el del cabo Cee, que facilita la entrada a la ría de Corcubión desde el siglo XIX, o el de Punta da Barca, en Muxía, junto al milagroso santuario de la Virgen. Todos ellos, celosos guardianes de historias, de amaneceres y de inolvidables atardeceres. De la esencia de una tierra forjada en lucha implacable contra el mar. Caprichoso rival que aquí lo da y lo quita todo.

Fuente/publico.es